16/06/2011 OPINIÓN
El tirano Bachar el Assad cree reinar sobre un campo de cadáveres Autor: Prof. Antonio Hermosa Andujar, Universidad de Sevilla
Bashar Assad, tirano hijo de tirano y aspirante a perpetuar la dinastía, creía que le bastaba abrir la boca para que se hiciera la luz; que reprimir una manifestación, por ejemplo, era simple cuestión de coser y matar, ya que de casta le viene al galgo, y pocos modelos al respecto mejor que el de casa, o sea, su padre. Y reprimida una, reprimidas todas, parecía decirse, pues la cosa, seguro, crea precedente, y ya será como si se reprimieran solas.
Lo bueno de la primera, en efecto, es que a partir de ahí uno, en cuanto ve venir una muchedumbre por el lado contrario -compuesta de desharrapados, seguro, de agentes de lo que toque, de islamistas occidentales, o al revés, etc.-, pone los tanques en automático, los lanzagranadas en automático, las balas en automático, los soldados en automático, la policía secreta en automático, y todo cuanto se aproxime erguido corre fundado riesgo de yacer por tierra, herido o muerto, a la voz de ya. Y luego toca sólo contar los muertos y actualizar las cifras, unificándolas a ser posible, no vaya a causar el país mala imagen en el exterior dando cada fuente una distinta, que se pasa uno la vida cultivando prestigio con esmero y luego, a las primeras de cambio, llega alguna consejera alemana local y te mete un pepinazo por detrás.
Los muertos se levantan
Bashar Assad no sabía que a veces los muertos se levantan en otros vivos y se perpetúan con ellos, claman con ellos, luchan con ellos, se rebelan en ellos. Había oído en alguna ocasión la palabra dignidad, cuando aún era oftalmólogo, y parece que no le hacía ascos el sonido; pero en cuanto llegó al trono en lugar del hermano prefijado, muerto en accidente de tráfico, el pabellón auditivo experimentó una modificación extraña y repentina, volviéndose de golpe alérgico a sonidos antes atrevidos.
El sabio consejo del entorno alauí de palacio, en el que palabras como la susodicha producen al entonarla ese tipo especial de sarpullidos en la conciencia llamados carcajadas, terminó de hacer el resto. Y el olvido de que los muertos siguen vivos en las palabras que antes ellos pronunciaban y ahora otros pronuncian por ellos -libertad, igualdad y dignidad, que acorralan a la mayoría de los tiranos del mundo árabe salidas de gargantas árabes-, le ha vuelto sordo al griterío de multitudes que se suceden entre sí o a sí mismas pidiendo lo mismo.
No le deja entender que haya fallado el precedente y los nuevos manifestantes no se sientan todavía muertos. Mucho más trabajo le cuesta entender que, con las balas que corren, aumenten.
Su explicación, y la del entorno oficial, había recurrido al cuento de la lechera a fin de explicar el fenómeno: son bandas mercenarias que conspiran desde el exterior, son islamistas sublevados, son el caos que vendrá si yo no estuviera. Más de mil muertos después, y de muchos miles más de detenidos, vejados y torturados, sólo ha convencido a los que gustan de los cuentos, que son muchos, pero ha roto para siempre el tiempo en dos, escindiendo el hoy del futuro, un lugar en el que él ya no tendrá cabida.
En su descargo ha querido valerse de ciertas medidas a deshora, de limosnas de negociación, de promesas a trasmano -palabra de tirano-, sea para deshacer lo hecho o para rehacerlo con otro significado; mas la divisa ha cambiado, y el actual reclamo es unidad nacional con la que hacer frente a la doble tiranía encarnada en su persona, la política y la social -la raza alauita dominando todo el espectro social, a la manera de un Sadam Hussein sirio, si bien se detectan crecientes fisuras en su interior-, democracia parlamentaria y Estado laico (palabra esta última finalmente cambiada por civil, o lo que es igual: presagio de un horizonte evidentemente cargado de nubarrones).
El tirano Bashar Assad creía que con solamente fruncir el ceño el mundo, el sirio, se precipitaría a sus pies, porque el tirano cree reinar sobre un campo de cadáveres; si alguien se mueve, se le detiene; si crece, se le aplasta; si une, se le divide; si exige, se le dispara.
A su alrededor no veía ninguna fuerza en grado de moverse, crecer, unir y exigir en concurrencia con la suya; y como su ejército era suyo en lugar de flotar más o menos libremente, como en Túnez o Egipto, y tenía garantizada así su lealtad; como acababa de intentar comprar a los funcionarios aumentándoles el sueldo; como su dominio de hierro sobre la sociedad desde su clan, asociado siempre al engranaje del poder, se probaba en el hecho de que el papel de Damasco en nada recuerde al de Túnez o El Cairo en la revuelta; como la violencia presente en los genes de Assad ya había sido brutal y diversamente administrada en contundentes dosis, etc., el tirano no acertaba a explicarse el origen de esa fuerza que compite con la suya, que realiza todas las operaciones antedichas y ha demostrado una parte de su poder otorgándose existencia, otra parte organizándose y otra programando un futuro común para una Siria libre del tirano y de su circunstancia.
Llevarlo ante un tribunal
Mucho, demasiado le queda a ese Consejo de 31 miembros surgido de la reunión en la ciudad turca de Antalya -en la que trescientos sesenta asistentes heterogéneos, divididos, enfrentados algunos entre sí y sin legitimidad muchos de ellos- para poner en marcha el proyecto de presionar a las Naciones Unidas y a la Liga Árabe a fin de que sancionen al tirano sirio, y con mayor razón el de llevarlo ante un tribunal acusado de crímenes de guerra y de crímenes contra la Humanidad.
Pero con él ya sabemos al menos dos cosas: que hay oposición en Siria y que si la ONU tiene razón de ser aquí tiene una ocasión para demostrarlo: para agrandar su fuerza y acortar los tiempos. Y, a través de ella, y en ella, quienes airean la bandera de la democracia y de la paz no sólo con la boca (a Rusia o China, naturalmente, ya las llamaría Assad a que le echen una mano si requiriese ayuda).
Tirano y necesario, ¿qué impedía soñar a Bashar Assad con un tercer reich personal, qué más podía pedirle a la vida? ¡Si hasta después de tanto crimen, de haber cuarteado el país o saqueado el futuro aun la propia secretaria de Estado americana Hillary Clinton alberga la creencia de hacerle entrar en razón y hacer de él un reformista; como si un tirano hablase con alguien más que con dios, esto es, consigo mismo!
El sueño de Bashar Assad tiene un fuerte componente de realismo, naturalmente. En la sociedad internacional, los derechos y libertades democráticas son poco más que un flatus vocis en determinados escenarios, aquéllos en los que la Realpolitik hace su agosto. ¿A quién va a preocupar la responsabilidad siria en el magnicidio del primer ministro Rafik Hariri en Líbano, o en los asesinatos que vinieron después?
Máxime si tenemos en cuenta que es uno de los pocos que van de laicos por la zona, lo cual, si comparado con esa especie de Estado-burka que es Arabia Saudí, no dirán que no es un logro.
Además, la protección del pluralismo religioso, fundamental en Siria si ésta no quiere perecer de tanta potencial misericordia divina, es una realidad palpitante (Malise Ruthven lo ha destacado en su extenso estudio-reseña de un libro de Brooke Allen en las páginas de la New York Review of Books).
Pero sobre todo es la represión ejercida contra los Hermanos Musulmanes, ocasionalmente degenerada en auténticas masacres (véase el reciente artículo de Carlos Echeverría Jesús para el Real Instituto Elcano), el papel central que sigue desempeñando en el Líbano, donde facilita armas iraníes o rusas a las fuerzas de Hizbollah, o el control político-religioso que ejerce sobre la mayoría suní, lo que le ha realzado su importancia convirtiéndole en importante mediador entre turcos y saudíes.
Asimismo, su especial relación con Israel, país del que puede profesarse enemigo nato, como decía Isócrates del persa respecto del griego, y con el que sin embargo parece siempre casi a punto de concertar algún tipo de acuerdo; o, quizá, su posible condición de mediador entre Irán, país del que es aliado tradicional, y la propia Arabia Saudita, que rechaza la actual hegemonía iraní en el Líbano, al igual que todo intento de ampliarla en el resto del mundo musulmán, acentúan la impresión del líder sirio como protagonista irremplazable en el laberinto regional.
Así pues, ese punto de fuga que concentra los intereses de Turquía y Arabia Saudí, Israel y el resto de Oriente Medio, junto a los de la misma Siria e incluso del díscolo Irán, por no hablar de los de Estados Unidos y la Unión Europea, confieren un peso específico al sueño de inmortalidad en el trono de Bashar Assad. Y, de hecho, a su cabeza aún no se ha puesto precio por nadie fuera de la oposición siria. Es lo que tiene la Realpolitik: por la misma razón que se quita a uno se mantiene a otro.
Empero, pese a tan pomposa carta astral como quiere presentar el tirano hijo de tirano y deseoso perpetuador de una dinastía, el final del ciclo de la asabiyya -que prosigue en la constitución de una dinastía, la cual florece y se corrompe, y a la que sigue una fitna (o desorden), que termina reinstaurando un nuevo clan o asabiyya en el trono, vale decir, el periplo con el que el genial Ibn Jaldún explicaba el traspaso de poder entre los grupos árabes, y que el gran historiador Albert Hourani rescatara en su libro de 1991 Historia de los árabes (editado por Vergara, Barcelona, 2003)- de los Assad puede que ya esté en el horizonte.
En Siria, el retoño en el cargo ha pasado para muchos a ser parte del problema y no de la solución, y en ese mismo país comienza igualmente a divisarse el surgimiento de una fuerza oficial, una oposición, que puede dirigir el levantamiento.
E incluso para algunos de los políticos occidentales, herederos de una forma de hacer política internacional en la que, colmo paradójico del sonrojo y de la vergüenza, un tirano se convierte en pieza indispensable de la seguridad y la paz de individuos que vivimos en Estados supuestamente bajo la égida de los derechos humanos, el crédito se ha ido cerrando para un sujeto que autoriza a su ejército a jugar con sus ciudadanos al tiro al blanco.
Confiemos en que las circunstancias desplieguen contra el statu quo todo su poder de convicción, impidiendo que Siria sea un nuevo teatro en el que el hecho sacrifique el derecho y la Realpolitik imponga una vez más su Diktat sobre la libertad y la paz.
Las tribulaciones de un sirio en Siria
21/Jun/2011
Aurora, Antonio Hermosa Andújar